Cuando cae el otoño
Michelle (Hélène Vicent) es una anciana cuya apacible vida en un pueblo de la campiña francesa se ve interrumpida por la visita de su nieto y su hija, a quien le une un vínculo difícil. Cuando tiene lugar un accidente provocado por unas setas, dicha relación se vuelve insostenible, a lo que se une la salida de prisión de un delincuente local…
Thriller rural y a la vez estudio psicológico del personaje central, mirada detenida (en especial durante un primer tercio bastante pausado) a esta mujer inofensiva, amable, buena amiga y vecina, pero de quien vamos conociendo hechos de su vida cada vez más insospechados, pese a las pistas poco o nada sutiles que se nos ofrecen (la primera escena en la iglesia y el sermón del cura), un poco a la manera de “Una historia de violencia”.
Relato bucólico y malicioso, algo chabroliano (por cómo la investigación policial va muy en segundo plano y entra casi acabada la trama), cuyo humor surge de las situaciones rocambolescas, de un fondo turbio e insospechado de las cosas que late bajo un paisaje otoñal idílico, acompañado por una partitura de tintes etéreos que apuntala un ambiente misterioso. Sin embargo, lo que descuella es el humanismo de la propuesta, el retrato matizado que ofrece de unos seres complejos, repletos de zonas grises, que dudan, cometen errores, de ahí la importancia de unas interpretaciones en general acertadas y en especial la de la protagonista.
Se toca cierto tema incómodo, con un componente reivindicativo de Ozon al respecto. Gente con sus secretos, que los lleva como puede (nos deja incluso una sugerencia “homo” el amigo François, un poco porque sí), lazos especiales que forja la vida y amistades que son algo más. Prejuicios, miradas que son puestas a prueba, incluida la del espectador; pueblo pequeño, infierno grande, estigmas que nunca llegan a superarse, a punto de salir a flote. Una cámara, en cambio, que nunca juzga, a la hora de mostrar a una persona ante decisiones difíciles, lealtades y complejos de culpa, a una moralidad incómoda, mientras su conciencia invoca una y otra vez a un fantasma, que también es el de un pasado que nunca vemos (como el relato tampoco nos ofrece la aclaración del crimen o hecho central); incluso de alguien tan antipático y odioso como la hija nos explicamos su forma de ser, y cómo nada ha debido de ser fácil para ella.
El mero transcurso del tiempo es lo que acaba borrando esas fechorías, o bien redimiendo, relativizando (o simplemente cómo ha cambiado socialmente la imagen de las madres solteras), pues la peli tiene también algo de historia intergeneracional sobre herencia y memoria; el último suspiro, quizá por ser mayor la proximidad a quienes ya no están, es lo que propicia pese a todo el reencuentro, el perdón… un nudo en la garganta, todo sea dicho.