Harkness_666
Son cuatro
Empezaré diciendo que la película me ha convencido más bien poco. Decepcionante, sería la palabra, o buenos mimbres y producción con pasta detrás, pero un poco al servicio de la nada. El factor adaptación no lo tendré en cuenta, pues el libro lo leí hace siglos y apenas recuerdo algún detalle, así que mi opinión se basará en la propia película y en nada más.
Creo haber visto un juguete de guionista enamorado de trampear y engañar a la platea, muy fastuoso, con ribetes noir, soluciones de las que hacen rabiar al espectador “verosímil” y ambientación artificiosa y retro que homenajea el cine clásico en su impronta visual. Que no carece de encanto en este sentido, pues el tal Paulo, sin ser un director con un gran estilo propio, sí que se muestra bastante hábil en fotocopiar los modismos del mainstream yanki y en hacer ese tipo de película española-que-no-parece-española.
El problema no es otro que pretender ser una propuesta más inteligente, más sofisticada de lo que en el fondo es, que traiciona su propia lógica rashomoniana en torno a la verdad y sus versiones, la locura como laberinto de perspectivas fragmentadas que revelan parte de la realidad a su manera… en favor de un discurso trillado y facilón a la moda, con reivindicaciones sociales de toda índole; desde la exaltación de los tarados, excluidos, etc. fuera de la norma ante al paternalismo falsamente humanitario de los que mandan, los guiños-codazo (¡ay la iglesia!) hasta, cómo no, la autoridad incuestionable e incuestionada del varón, las mujeres listas y de fuerte personalidad que resultan incómodas y no son creídas… pasando por la crítica de la transición y sus mitos, los famosos “cambios de chaqueta” con el paso de un régimen a otro, con algún gag tan nulamente sutil como cargado de mala uva; crítica, por cierto, que la propia película se encarga ella misma de desmontar y de echar por el retrete gracias a una edulcorada resolución. Son los aspectos más crudos y realistas, por cierto, relacionados con los cuestionables métodos de aquellas instituciones, los que más chirrían dentro del conjunto.
¿Qué nos queda? Pues un folletín descabellado que exhibe, no sin cierta maestría y descaro a su manera, una dislocación temporal intencionadamente troll, que únicamente al final se atreve a sembrar una sombra de duda (y nunca mejor dicho) que nos haga replantearnos los visto y reconsiderar pequeños indicios... pero quizá lo hace más como puro chiste, o con intención de seguir hasta el final esa lógica confusa y de epatar a toda costa, en lugar de haber auténtica ambigüedad. “La verdad es lo que tú quieres que sea”, o algo así se llega a decir en un momento dado, pero la peli no parece aplicarse especialmente el cuento, jugando muy clara y muy obviamente sus cartas. Flojea además el componente emotivo y “con corazón”, que no llega más que en forma de melodrama cursi, y para colmo, con la maternidad de por medio (¿no se supone que era tan moderno esto?).
Giros locos (jarl), ramalazos de terror, unas alucinaciones que son un poco de sacarse el nabo, entre homenajes kubrickianos y tarantinescos, musicote muy a lo Herrmann… y finalmente, una sensación de final inacabable y metraje abultado, con un drama judicial de discursividad grandilocuente que nos pilla con la guardia baja; todo muy encorsetado dentro del rompecabezas argumental, incluidos los hallazgos visuales (la arquitectura del lugar, esos chiflados bajo la tormenta…) y en especial, quienes son los auténticos protagonistas del sarao: los pacientes del sanatorio, toda su variedad de patologías, reducidos incluso a secundarios.
Gran presencia de Bárbara Lenne y también de Eduard Fernandez, mayestático como villano de escalofriante dignidad, que son quienes salvan la papeleta.
Creo haber visto un juguete de guionista enamorado de trampear y engañar a la platea, muy fastuoso, con ribetes noir, soluciones de las que hacen rabiar al espectador “verosímil” y ambientación artificiosa y retro que homenajea el cine clásico en su impronta visual. Que no carece de encanto en este sentido, pues el tal Paulo, sin ser un director con un gran estilo propio, sí que se muestra bastante hábil en fotocopiar los modismos del mainstream yanki y en hacer ese tipo de película española-que-no-parece-española.
El problema no es otro que pretender ser una propuesta más inteligente, más sofisticada de lo que en el fondo es, que traiciona su propia lógica rashomoniana en torno a la verdad y sus versiones, la locura como laberinto de perspectivas fragmentadas que revelan parte de la realidad a su manera… en favor de un discurso trillado y facilón a la moda, con reivindicaciones sociales de toda índole; desde la exaltación de los tarados, excluidos, etc. fuera de la norma ante al paternalismo falsamente humanitario de los que mandan, los guiños-codazo (¡ay la iglesia!) hasta, cómo no, la autoridad incuestionable e incuestionada del varón, las mujeres listas y de fuerte personalidad que resultan incómodas y no son creídas… pasando por la crítica de la transición y sus mitos, los famosos “cambios de chaqueta” con el paso de un régimen a otro, con algún gag tan nulamente sutil como cargado de mala uva; crítica, por cierto, que la propia película se encarga ella misma de desmontar y de echar por el retrete gracias a una edulcorada resolución. Son los aspectos más crudos y realistas, por cierto, relacionados con los cuestionables métodos de aquellas instituciones, los que más chirrían dentro del conjunto.
¿Qué nos queda? Pues un folletín descabellado que exhibe, no sin cierta maestría y descaro a su manera, una dislocación temporal intencionadamente troll, que únicamente al final se atreve a sembrar una sombra de duda (y nunca mejor dicho) que nos haga replantearnos los visto y reconsiderar pequeños indicios... pero quizá lo hace más como puro chiste, o con intención de seguir hasta el final esa lógica confusa y de epatar a toda costa, en lugar de haber auténtica ambigüedad. “La verdad es lo que tú quieres que sea”, o algo así se llega a decir en un momento dado, pero la peli no parece aplicarse especialmente el cuento, jugando muy clara y muy obviamente sus cartas. Flojea además el componente emotivo y “con corazón”, que no llega más que en forma de melodrama cursi, y para colmo, con la maternidad de por medio (¿no se supone que era tan moderno esto?).
Giros locos (jarl), ramalazos de terror, unas alucinaciones que son un poco de sacarse el nabo, entre homenajes kubrickianos y tarantinescos, musicote muy a lo Herrmann… y finalmente, una sensación de final inacabable y metraje abultado, con un drama judicial de discursividad grandilocuente que nos pilla con la guardia baja; todo muy encorsetado dentro del rompecabezas argumental, incluidos los hallazgos visuales (la arquitectura del lugar, esos chiflados bajo la tormenta…) y en especial, quienes son los auténticos protagonistas del sarao: los pacientes del sanatorio, toda su variedad de patologías, reducidos incluso a secundarios.
Gran presencia de Bárbara Lenne y también de Eduard Fernandez, mayestático como villano de escalofriante dignidad, que son quienes salvan la papeleta.