Por la historia pasan numerosos personajes, ocurren muchas, no sé si demasiadas cosas, y muy rápido, no sé si la autora pierde algo el foco y se le va de las manos, pero se echa en falta mayor pausa y desarrollo en este relato fantástico de viajes en el tiempo que convive con una cruda exposición de la esclavitud en el sur de los Estados Unidos a principios del siglo XIX.
Una escritora afroamericana de los años 70 se ve transportada sin explicación a una plantación esclavista donde salva la vida de un niño, su antepasado blanco. Desde entonces, se desplazará continuamente entre el pasado y su presente sin que sepamos nunca la causa, salvo el “parentesco” o vínculo que une a estas dos personas tan diferentes, cuyos destinos parecen entrelazados, pues dependen entre sí para seguir vivos y desarrollan un vínculo, a lo largo de los años, que sólo puede calificarse como complicado, determinado por cierto aprecio mutuo, pero también por el chantaje y la negociación.
La novela de Octavia E. Butler tiene algo de ajuste de cuentas con la historia de su país, las raíces del odio y unas fechas en que transcurre la acción que no son casuales. La protagonista intenta influir de algún modo en una realidad donde los esclavos negros son tratados como ganado, comprados y vendidos, objeto de castigos atroces y de la separación de sus familias, debiendo asumir cada uno sus estrategias para sobrellevarlo y normalizando el horror. No se trata de maldad pura, sino de personas que integran, sin más, un sistema económico en cuya cúspide se encuentra el dueño de la plantación, que es incluso un hombre de principios y que azota a sus negros como si fuera un hombre que corta leña; ocurrencia igual o más impactante que las imágenes de violencia física y tortura que no escasean precisamente en estas páginas.
Vemos como un niño va asimilando estas lógicas crueles y convirtiéndose en su padre, también conocemos a personajes tan odiosos como el de la madre, que sin embargo acaba inspirando compasión; se muestran unos amores envenenados, dependientes, un racismo que no entiende otro modo de relación que el del abuso. Tenemos una heroína fuerte, resolutiva y con recursos, un poco por requerimientos de una trama que exige una resistencia extrema ante situaciones que acabarían con la integridad física y mental de cualquier persona común. La posición de Dana en la plantación es delicada y siempre pendiente de un hilo, al no encajar en ningún orden; como mujer, será víctima de lo peor, como persona alfabetizada, está por encima de lo que se presupone a un “negro” y es potencial fuente de conflictos que pueden sacudir tan rígida estructura social. Salvará a su antepasado del fuego, del agua, de sí mismo… pero parecen condenados a un encuentro brutal, a una herida que dejará su huella de por vida.
Frente a aquellos tiempos difíciles, una moderna pareja interracial propia de un mundo más avanzado y con derechos, pero siguen percibiéndose señales de esa discriminación que se niega a extinguirse, al igual que los protagonistas experimentan una disociación, empiezan a abrazar ese mundo atroz con el suyo propio, esa violencia que repercute en el presente.
Comparto algunas impresiones sobre este libro autobiográfico, escrito y autoeditado por una amiga.
Cuenta su experiencia como madre de Darío, un adolescente con un autismo severo que le impide hablar, relacionarse y comunicarse, que le hace totalmente dependiente y que condiciona por completo la vida de su familia. Aferrado a conductas repetitivas, el chaval necesita patrones muy estrictos en su vida cotidiana y reacciona de manera impredecible y a veces violenta contra su entorno y contra sí mismo, un problema presente desde la niñez pero más acentuado ahora en su adolescencia (época difícil para cualquiera, sea cual sea su condición psicológica), que constituye una forma de descargar su ansiedad.
Como centro del relato, la autora narra una situación límite que tuvo lugar un día “en que se hizo pequeña” durante un trayecto en coche a casa y que acarreó como consecuencia el internamiento de Darío en una unidad psiquiátrica para jóvenes (probablemente el mejor capítulo, narrado casi como un cuento de terror), y la de ella, su madre, junto con él. A partir de aquí, seguimos la difícil convivencia cotidiana y los muchos altibajos; las repercusiones, por ejemplo, en una hermana menor que nunca puede tener del todo la vida normal de una niña cualquiera, pero también los pequeños, y tan breves como valiosos, momentos de conexión cuando el muchacho se muestra receptivo.
No es un libro fácil de leer, dada la dureza de su temática, y asume cierto riesgo en la mezcla de un estilo similar al de un ensayo sobre el autismo, con abundante información sobre el tema, cuestiones adyacentes, notas a pie de página... y un texto de desahogo y expresión más libre y lírica de sentimientos (cómo intenta entender al hijo, meterse en su mundo, contagiándose incluso algo de su personalidad), de miedos y anhelos, los propios de muchas familias que viven el día a día de la discapacidad en su versión menos edulcorada; la que exige una dedicación y entrega total, una carga mentalmente extenuante y no siempre recompensada, en constante tensión e incertidumbre, experimentando además, tan a menudo, el olvido de las instituciones.
La estancia en la unidad psiquiátrica funciona como hilo unificador y metáfora del libro en general; un escenario por lo general asfixiante, sin salida, de reglas muy estrictas, habitado por unas figuras tristes y vistas como de perfil... también una oportunidad para pararse, reflexionar y mirar hacia adentro. Un libro también sobre la maternidad, los cuidados, cuestiones hoy muy sobre la mesa y cómo se vuelven complejas cuando el autismo entra en juego. Sobre los desafíos diarios, la fortaleza de la familia, la autoconfianza y la resignación, o necesidad de vivir en el presente, aprovechar los pequeños instantes y valorar lo que se tiene.