Harkness_666
Son cuatro
El presidente (1919)
Un juez perteneciente a una distinguida (aunque decadente) familia nobiliaria es designado para juzgar a una muchacha acusada de infanticidio, pero descubre conmocionado que se trata nada menos que de su hija bastarda, a cuya madre abandonó.
El debut como director del danés, bastante poco conocido al igual que la primera parte de su (por otra parte, escueta) filmografía, tal vez empalidece comparado con lo que filmó décadas más tarde, insertándose a su vez en unos comienzos del cine, de búsquedas narrativas y estéticas, imaginación desbordada, hallazgos, que en este caso se superponen a la búsqueda personal de un tipo tan sobrio y meticuloso como Dreyer y que no destacan tan a primera vista, aunque no por ello deja de ser ya una obra sólida. Se trata de una denuncia de las mentalidades rígidas, que marcan diferencias insalvables tanto de género como de clase social y que se proyectan, por lo tanto, en las mujeres pobres. Condicionados por un sentido de la honra, los hombres deben elegir entre abandonarlas para evitar la ignominia, o bien formalizar unos matrimonios desiguales y por lo tanto “equivocados”.
El presidente se ve así vinculado por su palabra de honor, entre la llamada de su propia sangre y sus obligaciones como miembro de la sociedad, enfrentado a una desigualdad institucionalizada que privilegia a unos y condena sin reparos a la parte más débil; buscará por lo tanto la expiación, tanto de sus propias faltas como de las de todo un sistema y una herencia familiar que atraviesa generaciones.
La película se sirve, por lo tanto, de numerosos flashbacks para mostrar esas situaciones injustas que se reiteran en el tiempo. Da importancia a la arquitectura y los espacios interiores que enmarcan a los personajes; puertas, paredes, mobiliario, de inspiración pictórica, frente a unos exteriores en la naturaleza, con agua y vegetación, donde se respira más libertad, o unos pasadizos y celda de muros desnudos y rasgos expresionistas (el sereno y sus discursos) que visualmente rematan esa jerarquización rígida de todo. Usa también los filtros de color (la procesión nocturna de las antorchas), montajes paralelos y una caricatura de sujetos despreciables (la aristócrata malvada, periodistas maliciosos, magistrados glotones…) o bien positivos-entrañables (el amigo, los criados y numerosos animales; sapos, gallo, perros…). Los travellings de cámara son más contados, como los de la escena del juicio, destacándose ya algo de esa horizontalidad característica.
Los actores se pasan un poco, de inexpresivos o de artificiales (parece ser que no eran profesionales), como un descafeinado protagonista que destaca ante todo por su integridad. Por una conciencia siempre muy clara de haber transgredido una ley, perniciosa, pero ley a fin de cuentas (ideas grabadas a fuego incluso estando a la contra de ellas), por lo tanto, deberá pagar por ello, responder ante sí mismo… en el escenario de ese castillo ruinoso, donde florece nueva vida pero donde se ejecutará inflexible ese destino de quien se opone a lo establecido.
Un juez perteneciente a una distinguida (aunque decadente) familia nobiliaria es designado para juzgar a una muchacha acusada de infanticidio, pero descubre conmocionado que se trata nada menos que de su hija bastarda, a cuya madre abandonó.
El debut como director del danés, bastante poco conocido al igual que la primera parte de su (por otra parte, escueta) filmografía, tal vez empalidece comparado con lo que filmó décadas más tarde, insertándose a su vez en unos comienzos del cine, de búsquedas narrativas y estéticas, imaginación desbordada, hallazgos, que en este caso se superponen a la búsqueda personal de un tipo tan sobrio y meticuloso como Dreyer y que no destacan tan a primera vista, aunque no por ello deja de ser ya una obra sólida. Se trata de una denuncia de las mentalidades rígidas, que marcan diferencias insalvables tanto de género como de clase social y que se proyectan, por lo tanto, en las mujeres pobres. Condicionados por un sentido de la honra, los hombres deben elegir entre abandonarlas para evitar la ignominia, o bien formalizar unos matrimonios desiguales y por lo tanto “equivocados”.
El presidente se ve así vinculado por su palabra de honor, entre la llamada de su propia sangre y sus obligaciones como miembro de la sociedad, enfrentado a una desigualdad institucionalizada que privilegia a unos y condena sin reparos a la parte más débil; buscará por lo tanto la expiación, tanto de sus propias faltas como de las de todo un sistema y una herencia familiar que atraviesa generaciones.
La película se sirve, por lo tanto, de numerosos flashbacks para mostrar esas situaciones injustas que se reiteran en el tiempo. Da importancia a la arquitectura y los espacios interiores que enmarcan a los personajes; puertas, paredes, mobiliario, de inspiración pictórica, frente a unos exteriores en la naturaleza, con agua y vegetación, donde se respira más libertad, o unos pasadizos y celda de muros desnudos y rasgos expresionistas (el sereno y sus discursos) que visualmente rematan esa jerarquización rígida de todo. Usa también los filtros de color (la procesión nocturna de las antorchas), montajes paralelos y una caricatura de sujetos despreciables (la aristócrata malvada, periodistas maliciosos, magistrados glotones…) o bien positivos-entrañables (el amigo, los criados y numerosos animales; sapos, gallo, perros…). Los travellings de cámara son más contados, como los de la escena del juicio, destacándose ya algo de esa horizontalidad característica.
Los actores se pasan un poco, de inexpresivos o de artificiales (parece ser que no eran profesionales), como un descafeinado protagonista que destaca ante todo por su integridad. Por una conciencia siempre muy clara de haber transgredido una ley, perniciosa, pero ley a fin de cuentas (ideas grabadas a fuego incluso estando a la contra de ellas), por lo tanto, deberá pagar por ello, responder ante sí mismo… en el escenario de ese castillo ruinoso, donde florece nueva vida pero donde se ejecutará inflexible ese destino de quien se opone a lo establecido.