Elephant
Pocos casos de la historia criminal reciente han hecho correr tantos ríos de tinta como el de la matanza de Columbine. Fue lo típico que copa la atención mediática, que abre el debate sobre un tema complicado (la posesión de armas) y cuyo horror es peor por lo que tiene de incomprensible ¿de quién es la culpa? ¿qué pudo llevar a aquellos jóvenes a cometer semejante barbaridad, tan a sangre fría? Las causas son atribuibles a muchos factores; la violencia en los medios de comunicación, la marginación escolar, la falta de comunicación, la ausencia de valores morales... Gus Van Sant sabe (y lo sabe demasiado bien) que está haciendo arte, que no es un sociólogo, ni un ensayista, y que su deber no es pontificar sobre el tema. Muestra los hechos al desnudo, no escondiendo ni la violencia.
Lo que realiza con su película, una obra tan polémica como arriesgada y provocadora, es más un análisis o una reconstrucción en torno a un suceso trágico y brutal, más que una narración del mismo. Un hecho que hace añicos la realidad del día a día, que lo cambia todo. Un puñado de historias cruzadas, tan triviales, intrascendentes, como las de cualquier chaval de instituto actual, con sus quehaceres, preocupaciones y problemas típicos de la edad. El momento se aproxima cada vez más, como un destino inaplazable. El distanciamiento frente a lo contado se hace patente, el punto de vista contempla desde el mismo nivel a todos los involucrados en el drama, y el resultado es que no existe una conclusión, un discurso que ofrezca un sentido a lo que vemos, más allá del absurdo que supone.
¿El resultado? Un experimento inclasificable, entre el drama, el thriller, incluso el terror (ese final...), teñido de su propia subjetividad, por puro afán de ser objetivo. Lejos de la asepsia de un Haneke (que también), la cámara cobra protagonismo, persiguiendo obsesivamente a los personajes. Van Sant despliega su particular lirismo estético (el motivo recurrente de las nubes), desenfoques y largos travellings incluidos, así como la presencia de sonidos y músicas extrañas, y un estilo de narración desordenado, que vuelve una y otra vez sobre lo mismo, pero desde diferente perspectiva. Lo que se consigue es una atmósfera enrarecida, tensa, un nivel de abstracción cercano a aquello que se suele denominar un “tour de force”.
Queda la polémica, pues, de si es lícito o no el aprovecharse de una tragedia real para hacer alarde de autoralismo, pues el autor no deja atrás su sello manierista y un poco petardo, pese a todo. Como “Gerry”, una obra decididamente poética, dura, nada complaciente, con el eros y el tánatos dándose la mano. Una firme y rigurosa aproximación a la verdad a través del arte, y en tal sentido, un auténtico triunfo.
(Ahora me disculpáis, voy a limpiarme los cristales de las gafas de pasta, que las tengo un poco empañadas).