La tranquila existencia de monsieur Desvallées se resquebraja cuando descubre, gracias a los servicios de un detective, las escapadas clandestinas de su esposa con un escritor, lo cual le lleva a indagar más de lo debido en la vida de este.
La mujer infiel es uno de esos relatos sobre el crimen cometido por puro, irrefrenable impulso, por parte de quien menos se esperaría; por personas incluso de lo más inofensivas, o peor aún, respetables. El contexto es el de la liberación sexual, el despendole repentino que entra en unas vidas muy acomodadas, igual que esa pícara y cachonda secretaria de falda muy (demasiado) corta. Pero dicho estilo de vida burgués, pese a tratarse de una gran mentira donde en el fondo nadie conoce a nadie, pese a que las piezas del puzzle (como el que monta un niño) faltan o no encajan… es preferible fingir que se sustenta en algo real, cueste lo que cueste. Una farsa idílica en la que todos participan perversamente, deshaciéndose de lo molesto, o tal vez es que somos humanos, vulnerables y nunca interesa perder lo que se tiene (familia, estatus social o económico, lo que sea).
Queda una imagen como congelada, de figuras en un paisaje ajardinado y a plena luz del día, pero con un temblor, una irrealidad que deja a la imaginación del espectador lo que pueda ocurrir a partir de ese momento.
Magnífica, mayestática presencia la de la habitual Stephane Audran, aquí como gran y elegante señora de su casa, pero no se queda atrás Michel Bouquet como buenazo que inspira confianza y simpatía con su sola presencia. Importan las interpretaciones para sostener una propuesta siempre sutil y que se toma su tiempo para ponernos en contexto, de malestares que no se dicen explícitamente, con un villano que termina por ser la principal víctima, un bueno que por dentro se asemeja a un niño herido y una mujer secretamente hastiada de su aburrido esposo, pero susceptible de verle con nuevos ojos al intuir aquello de lo que es capaz con tal de proveer a los suyos...
Alguna breve secuencia hitchcockiana con un maletero averiado y decenas de curiosos alrededor, o detalles que rozan lo cómicamente absurdo (el encendedor gigante, o ese programa de televisión extrañísimo que se está viendo el marido con tanta atención…). Chabrol moviendo la cámara lo justo, como con ese travelling inicial que nos introduce, de manera algo voyeur, en las intimidades de esta gente. Y cómo no, una banda sonora disonante de Pierre Jansen que acompaña insidiosamente las imágenes, insinuando lo peor.
Similar en cuanto a las formas,
Accidente sin huella es del mismo año (1969), pero radicalmente distinta en cuanto a trama, que es puro género. Basada en una novela escrita por el padre de Daniel Day-Lewis (tal y como suena), de título mucho más expresivo que la sosa traducción al castellano (“La bestia debe morir”), es la historia de la venganza de un escritor de libros infantiles cuyo hijo es atropellado por un conductor que se da a la fuga, con lo que su padre jura encontrar al asesino y acabar con él, iniciando su propia y obsesiva investigación.
La trama es mucho más novelesca, con sus giros, sus situaciones un tanto inverosímiles, casualidades poco o nada disimuladas, que llevarán a nuestro torturado anti-héroe a asumir las máscaras que hagan falta para consumar su propósito, en principio inamovible. Redención, difíciles relaciones paterno-filiales, actos de violencia que parecen condenados a consumarse sí o sí, alcanzando unas dimensiones de tragedia desaforada, emociones duramente reprimidas… tales son los ingredientes de un film con el que Netflix podría sacar tan tranquilamente una temporada de seis episodios si le diera la gana.
Otro elemento, muy literario, es el del diario que va escribiendo el hombre, donde plasma su secreto y las emociones turbias que le embargan, que acabará siendo una pieza importante del asunto en cuanto entre el detective de turno a poner las cosas en claro. La ambientación se sitúa en el norte de Francia, con su mar de olas grises, sus pueblos aislados, y aquí es donde Chabrol se siente más cómodo, lanzando unos dardos contra la pequeña burguesía local más envenenados que nunca. Una gente cuya vida transcurre entre comentarios insustanciales y relaciones de sumisión ante el cacique local; grandiosa composición aquí de nada menos que Jean Yanne, futuro “carnicero” chabroliano, un sujeto absolutamente brutal, indeseable y de muy efectivo trazo grueso (se busca que le odiemos y desde luego se consigue), que personifica además el machismo más cavernícola, y lo peor, normalizado como si tal cosa.
No faltan secuencias de una incomodidad (o incluso hilaridad) considerable, o secundarios, como la abuela, que parecen surgidos de una de terror. Un horror que aparece, no exento de ironía, bajo unas imágenes de lo más sosegadas, como esa cena con pollo asado exquisitamente servido mientras se detallan ciertas revelaciones finales...