Ha muerto Claude Chabrol :-(

Respuesta: Ha muerto Claude Chabrol :-(

No, no solo de la última etapa. En general. Solo he visto "La mujer Infiel" y "El carnicero" y ambas me parecieron magníficas, hace años ya... Pero no he visto mas y dado que tiene una filmografía extensa, por eso preguntaba simplemente. ¿Y alguna de la primera etapa? ¿Te gustaron a ti "La mujer Infiel" y "El carnicero"?
 
Respuesta: Ha muerto Claude Chabrol :-(

La última "Una mujer cortada en dos" me pareció especialmente anodina.
 
Respuesta: Ha muerto Claude Chabrol :-(

De la ultima etapa entonces ¿no hay ninguna que merezca realmente la pena? Bueno, me quedaré con el buen sabor de boca dejado entonces por las ya vistas.
 
Respuesta: Ha muerto Claude Chabrol :-(

Ya te ha dicho Trelko que "Gracias por el chocolate".

La otra con Huppert y "La flor del mal" tampoco estaban mal.

Yo quiero empezar con la etapa del medio, algún día me pondré.
 
Respuesta: Ha muerto Claude Chabrol :-(

Descanse en paz. Su cine no me interesa lo mas minimo pero ha sido una figura relevante que le gusta a muchisima gente y tiene su trozo de historia cinematografica ganada a pulso.

Rest in peace.
 
Respuesta: Ha muerto Claude Chabrol :-(

No esperaba menos de ti Mister_Lennon, era algo asi como... "C'mon, All we are saying is give piece a chance, All we are saying is give piece a chance... " luego es que me lio con la letra, you know como dirias tu. ;)
 
Respuesta: Ha muerto Claude Chabrol :-(

gracias por el chocolate se salva por la Huppert, porque el resto, pese al descubrimiento de Anna Mouglalis. De las ultimas, ultimas, prefiero La flor del mal.
 
Leí una crítica de la maravillosa Elle de Verhoeven donde decía que era una película muy Chabrol y me vino un flash muy lejano de cuando vi unas cuantas películas de este buen hombre porque sí me recordó el holandés rodando en Francia al cine de Chabrol, el Hitchcock francés y tal ... Me pongo con él, sigo las recomendaciones de Trelko en este hilo y veré las de finales de los 60, principios de los 70 más alguna contemporánea como La Ceremonia o La Flor del Mal ...

@Rimini, alguna sugerencia?
 
Chabrol me parece un grandísimo director. Quizás no tiene una ristra de obras maestras tan evidentes como Rohmer o Rivette, pero su filmografía es enormemente prolífica y consistente. Tiene decenas de películas de notable alto, y adentrarse en su obra es casi siempre una apuesta segura. Un tipo muy coherente, que posee un entendimiento de todo lo que filma verdaderamente raro en los tiempos que corren. Y sí, ha sabido retratar todo ese espectro burgués de manera brillante, y en general no escasea en sus obras un sentido del humor delicioso. Yo creo que lo mejor es ir investigando por etapas porque casi nunca decepciona pero estaría de acuerdo en que el punto clave o angular serían esas películas de finales de los sesenta/principios de los setenta.

Se suele mencionar muchísimo El carnicero, y con justicia, porque es fantástica, aunque no diría que es de mis favoritas. La mujer infiel también es de las más apreciadas y me parece muy buena, pero no es de las que más me gustan. Al anochecer, en cambio, me parece una absoluta maravilla. Una película verdaderamente psicológica donde se trata de manera asfixiante y lúcida el tema de la culpa. Fue mi primer Chabrol y sigo pensando que es de los mejores. Una rareza como La década prodigiosa me parece fantástica, además con un ingenio humorístico de altos quilates. Cualquiera de esta etapa no te decepcionará.

Si no la has visto aun, te recomendaría fervientemente La ceremonia, claro, también una de sus mejores películas y una de las más icónicas. De esa última etapa me gusta muchísimo también Gracias por el chocolate (estas dos últimas para mí consiguen todo lo que se propone Haneke de manera mucho más rotunda, con medios más honestos y, en no pocas ocasiones, un gran sentido del humor). La dama de honor es otra joya tardía. Y de su primera etapa yo creo que la mejor, o una de las mejores, es Las buenas chicas.

Pero vamos, elige una que seguramente acertarás y tendrás ganas de ver la siguiente.
 
Última edición:
Merci beaucoup! Recuerdo con mucho agrado La Ceremonia, El Infierno y El Carnicero, por lo que le tengo unas ganas tremendas.
 
Bueno, pues he (re)visto La Ceremonia (1995) y es extraordinaria, efectivamente como comentaba Rimini se acerca mucho en intenciones a gran parte del cine de Haneke pero lo hace con mucha más sorna (ahí entraría la Elle de Verhoeven) y con una visión mucho más humana y cercana a todos los personajes. La evolución atmosférica dentro de lo cuotidiano a medida que avanza el relato es absolutamente modélica, riquísima en detalles tanto de puesta en escena como de diálogos en los que importa más lo que no dicen que lo que dicen. La lucha de clases es otro elemento tratado con mucha sutileza, como la distancia y el aislamiento que marcan los de arriba, incluso involuntariamente, hace que se recrudezcan las inseguridades de los de clase baja, deviniendo en psicopatía por contagio, algo muy viridianesco diría. Y Chabrol repartiendo arriba y abajo, sin tomar partido salvo en los momentos donde no queda otra. Imprescindible.
 
Hay un momento de la película en el que la familia Lelièvre ve por la televisión el propio film de Chabrol Relaciones sangrientas (1973). Otra muestra más del sentido del humor e incluso capacidad de reírse de sí mismo de este hombre: su propia película convertida en entretenimiento neutral para la burguesía.
 
Vi a Piccoli y pensé que había trabajado varias veces con Chabrol.
 
Gracias por el chocolate (2000). Como bien apuntaba Rimini, forma un magnífico díptico con La Ceremonia, si en la anterior el choque de clases despertaba el monstruo aletargado de la envidia de los de abajo, ésta es una crónica de la podredumbre y la descomposición de los de arriba, un relato que muestra su auto-aislamiento y como éste deriva en mierda progresivamente y en seres humanos vacíos (atención al pianista y a su hijo).

Particularmente, me encanta el estilo de Chabrol, cómo se toma todo su tiempo en presentar un universo y su atmósfera, con todo tipo de detalles, apelando al costumbrismo desenfadado, pero a la vez va sembrando pequeños elementos morbosos que viran la película hacia el thriller poco a poco hasta que al final llegan a serlo completamente, rematando además con finales muy sugerentes y llenos de mala baba.
 
El carnicero

La maestra de la escuela de un pequeño pueblo (Stéphane Audran) inicia una tímida amistad con el carnicero tras conocerse en una boda. Mientras tanto, una mujer es encontrada brutalmente asesinada en las inmediaciones, y no será la única…

La Francia rural, sobre cuyos paisajes verdes y bucólicos hace zoom el plano de apertura, es el escenario tan normal y costumbrista en el que transcurren dos vidas solitarias y gravemente heridas por dentro. Que se abren la una a la otra, en la inevitable búsqueda de contacto humano, ambos a su modo huyendo de un pasado de violencia. Tales son las bases de este “noir” atípico donde los elementos clásicos de trama, investigación, pistas, quedan mayoritariamente en off y son secundarios (el detective que aparece es un secundario sin más), al servicio de la pareja protagonista y su progresivo acercamiento.

Chabrol se las apaña para mostrar fuera de foco los horrores del siglo XX, concretamente los de las guerras coloniales francesas y sus consecuencias, que no son sino la completa deshumanización y pérdida de sensibilidad de quienes han sobrevivido y han quedado fatalmente fracturados. Asoma la sombría verdad de que todos, humanos o animales, somos en el fondo iguales, piezas de carne susceptibles de ir al matadero. Sin embargo, este monstruo inescrutable es de nuevo incómodamente humanizado ante una cámara que nos arrastra a un callejón sin salida ni respuestas fáciles, a aquellas emociones confusas, contradictorias, de horror y de piedad, de amor trágico incluso, que sólo nos puede dar ese cine que no tiene miedo de hurgar donde más duele. Se da entonces la terrible circularidad característica del género, la imposibilidad de huir de ese mal que se transmite como una herencia, ni siquiera en el rincón geográfico más apartado.

Apenas una secuencia visualmente explícita y un punto perversa, como es la del hallazgo del cuerpo en mitad de una merienda campestre, con niños de por medio (inocencia en medio del horror, a modo de contraste) en un film que busca la combustión lenta, conducido por lo sutil de unas interpretaciones muy ajustadas en su contención y ocultamiento del deseo, la frustración y el trauma. Una boda y un funeral, el ambiente del colegio, de las pequeñas tiendas de comestibles. La influencia de la nueva ola se percibe en la manera de filmar (la actuación musical, el plano-secuencia de ellos dos conversando a lo largo de la calle principal...) ese tiempo donde llama la atención la mujer que fuma en público y que conduce un coche, ese lugar donde el teléfono y el frigorífico son aún bienes poco habituales.

El hombre de Cro-Magnon, eslabón necesario para el paso a la supuesta civilización, donde perviven aún rastros de animalidad. Signos del zodíaco, disfraces dieciochescos para disciplinar a la infancia en destrezas y buenos modales. El plano de las gallinas, Balzac. El ascensor, la luz roja de la máquina fatal. Todo ello alusiones y metáforas varias, acompañadas de la música de aires vanguardistas de Pierre Hansen, colaborador habitual del cineasta, que aporta un ambiente enrarecido.

Final carente de palabras y que igualmente nos deja sin ellas, después de un viaje por carretera en plena noche que adquiere los contornos de la pesadilla, comparable a una fuga hacia la nada, a un vacío existencial de un pesimismo terrible.


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Gracias por el chocolate fue la primera que vi de Chabrol y me fascinó. Debía tener un feeling muy particular con la Huppert, porque aquí parece que hace una versión de si misma llevada al paroxismo, o tal vez, de la imagen que la gente tiene de ella. Hay mucha mala hostia y baba encerrada en este dueto director-actriz, y yo creo que se ríen de si mismos.
 
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La tranquila existencia de monsieur Desvallées se resquebraja cuando descubre, gracias a los servicios de un detective, las escapadas clandestinas de su esposa con un escritor, lo cual le lleva a indagar más de lo debido en la vida de este.

La mujer infiel es uno de esos relatos sobre el crimen cometido por puro, irrefrenable impulso, por parte de quien menos se esperaría; por personas incluso de lo más inofensivas, o peor aún, respetables. El contexto es el de la liberación sexual, el despendole repentino que entra en unas vidas muy acomodadas, igual que esa pícara y cachonda secretaria de falda muy (demasiado) corta. Pero dicho estilo de vida burgués, pese a tratarse de una gran mentira donde en el fondo nadie conoce a nadie, pese a que las piezas del puzzle (como el que monta un niño) faltan o no encajan… es preferible fingir que se sustenta en algo real, cueste lo que cueste. Una farsa idílica en la que todos participan perversamente, deshaciéndose de lo molesto, o tal vez es que somos humanos, vulnerables y nunca interesa perder lo que se tiene (familia, estatus social o económico, lo que sea).

Queda una imagen como congelada, de figuras en un paisaje ajardinado y a plena luz del día, pero con un temblor, una irrealidad que deja a la imaginación del espectador lo que pueda ocurrir a partir de ese momento.

Magnífica, mayestática presencia la de la habitual Stephane Audran, aquí como gran y elegante señora de su casa, pero no se queda atrás Michel Bouquet como buenazo que inspira confianza y simpatía con su sola presencia. Importan las interpretaciones para sostener una propuesta siempre sutil y que se toma su tiempo para ponernos en contexto, de malestares que no se dicen explícitamente, con un villano que termina por ser la principal víctima, un bueno que por dentro se asemeja a un niño herido y una mujer secretamente hastiada de su aburrido esposo, pero susceptible de verle con nuevos ojos al intuir aquello de lo que es capaz con tal de proveer a los suyos...

Alguna breve secuencia hitchcockiana con un maletero averiado y decenas de curiosos alrededor, o detalles que rozan lo cómicamente absurdo (el encendedor gigante, o ese programa de televisión extrañísimo que se está viendo el marido con tanta atención…). Chabrol moviendo la cámara lo justo, como con ese travelling inicial que nos introduce, de manera algo voyeur, en las intimidades de esta gente. Y cómo no, una banda sonora disonante de Pierre Jansen que acompaña insidiosamente las imágenes, insinuando lo peor.


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Similar en cuanto a las formas, Accidente sin huella es del mismo año (1969), pero radicalmente distinta en cuanto a trama, que es puro género. Basada en una novela escrita por el padre de Daniel Day-Lewis (tal y como suena), de título mucho más expresivo que la sosa traducción al castellano (“La bestia debe morir”), es la historia de la venganza de un escritor de libros infantiles cuyo hijo es atropellado por un conductor que se da a la fuga, con lo que su padre jura encontrar al asesino y acabar con él, iniciando su propia y obsesiva investigación.

La trama es mucho más novelesca, con sus giros, sus situaciones un tanto inverosímiles, casualidades poco o nada disimuladas, que llevarán a nuestro torturado anti-héroe a asumir las máscaras que hagan falta para consumar su propósito, en principio inamovible. Redención, difíciles relaciones paterno-filiales, actos de violencia que parecen condenados a consumarse sí o sí, alcanzando unas dimensiones de tragedia desaforada, emociones duramente reprimidas… tales son los ingredientes de un film con el que Netflix podría sacar tan tranquilamente una temporada de seis episodios si le diera la gana.

Otro elemento, muy literario, es el del diario que va escribiendo el hombre, donde plasma su secreto y las emociones turbias que le embargan, que acabará siendo una pieza importante del asunto en cuanto entre el detective de turno a poner las cosas en claro. La ambientación se sitúa en el norte de Francia, con su mar de olas grises, sus pueblos aislados, y aquí es donde Chabrol se siente más cómodo, lanzando unos dardos contra la pequeña burguesía local más envenenados que nunca. Una gente cuya vida transcurre entre comentarios insustanciales y relaciones de sumisión ante el cacique local; grandiosa composición aquí de nada menos que Jean Yanne, futuro “carnicero” chabroliano, un sujeto absolutamente brutal, indeseable y de muy efectivo trazo grueso (se busca que le odiemos y desde luego se consigue), que personifica además el machismo más cavernícola, y lo peor, normalizado como si tal cosa.

No faltan secuencias de una incomodidad (o incluso hilaridad) considerable, o secundarios, como la abuela, que parecen surgidos de una de terror. Un horror que aparece, no exento de ironía, bajo unas imágenes de lo más sosegadas, como esa cena con pollo asado exquisitamente servido mientras se detallan ciertas revelaciones finales...
 

LA MUJER INFIEL (La Femme Infidèle, 1969 -Claude Chabrol)​




Una excelente combinación de drama y thriller que el gran Claude Chabrol inicia con su característico estilo pausado. La historia gira en torno a un matrimonio en crisis, donde el esposo comienza a sospechar, poco a poco, que su esposa( la exuberante Stephane Audran) le es infiel con otro hombre. Película muy bien filmada, sabe retratar de manera meticulosa la investigación del marido, quien se convierte en la víctima del adulterio. Todo se desarrolla con implacable decisión y ritmo, hasta llegar a un desenlace impactante ( algo esperado) pero perfectamente coherente.
 

LAS CIERVAS (Les Biches, 1968 -Claude Chabrol)​




Maravillosa película de Claude Chabrol, que presenta una atmósfera turbulenta y oscura, centrada en el mundo de la alta burguesía. La historia relata el encuentro entre dos mujeres que sienten una fuerte atracción mutua: Una adinerada (Stéphanie Audran) y una joven artista bohemia que se convertirá en su aprendiz (Jacqueline Sassard). A lo largo de la trama, se desarrolla un proceso de atracción en el que la lesbiana (Audran) se vuelve heterosexual y la heterosexual comienza a explorar su bisexualidad...Este proceso de acercamiento y distanciamiento se narra de manera elegante y sutil, reflejando cómo los deseos de ambas mujeres a menudo chocan, generando un conflicto que culmina en una última media hora que destaca por sí sola. Esta parte del film resalta el talento de Chabrol para filmar escenas morbosas y eróticas sin mostrar nada explícitamente, una habilidad que deberían considerar aquellos que intentan crear películas de este estilo en la actualidad.
 

EL CARNICERO (Le Boucher, 1970 -Claude Chabrol)​




Uno de los thrillers más prestigiosos y famosos de Claude Chabrol, quien construye una obra con un tono pausado y una intriga que se desarrolla poco a poco. Además de rendir homenajes velados a Alfred Hitchcock, Chabrol aprovecha una atmósfera costumbrista al situar la acción en un pequeño pueblo de Francia, donde una serie de asesinatos de mujeres hace recaer las sospechas en un protagonista masculino: El carnicero del pueblo. Poco a poco, su verdadera naturaleza será descubierta por una maestra de escuela, interpretada de manera magistral por Stéphane Audran. El resultado es un filme de tono atrapante, que se ha convertido en uno de los clásicos franceses del género.
 
Al anochecer

Juste avant la nuit (Claude Chabrol, 1971).avi_snapshot_00.00.43.861.jpg


Otra vez Chabrol dando vueltas a los mismos temas (el crimen repentino, la falsedad y las apariencias de la familia de postín) y personajes, literalmente; mismos actores y mismos nombres que se repiten de una producción a otra, como el interpretado por Stephane Audran y de nombre Heléne. El francés busca en ello unos mimbres muy elementales que le permitan (aparte de sacar películas como churros) interrogarse de nuevo por la naturaleza del mal. Aquí un thriller carente prácticamente de escenas de suspense más allá de la gran simulación del protagonista; un ejecutivo publicitario que asesina ¿involuntariamente? a su amante durante una sesión sadomasoquista y no obtiene las respuestas que esperaba cuando la culpa le obliga a confesar…

Auténtico estudio de moralidades retorcidas y en conflicto, con la parquedad tanto narrativa como actoral habituales del cineasta en estos años, con su punto voyeur (la cámara tanteando fugaz una ventana anónima tras la cual se ha cometido un asesinato), en torno a unos sujetos que se mueven como auténticos témpanos de hielo sin que nada parezca importarles, y es el más monstruoso de todos el único capaz de demostrar, en su torturado arrepentimiento dostoievskiano, una cierta humanidad e incluso dignidad de sentimientos, tal es la ironía del asunto, el humor burlesco que se nos presente bajo una fachada, sin embargo, tremendamente seria: la subtrama del desfalco a modo de paralelismo, las amables escenas costumbristas, el ratón y su trampa como maliciosa metáfora, o en fin, la agencia de publicidad como la última y mayor fábrica de mentiras imaginable.

Buena parte de la acción se desenvuelve en el hogar ultra-moderno y setentero donde nuestro amigo vive su vida perfecta, entre su esposa, sus adorables hijos y las visitas de su anciana y venerable (y algo pesada) madre. Cortinas, espejos, mobiliario, elementos a modo de rejas, nos dan una pista de que este tipo está encarcelado en su propia casa y en su propia conciencia. Pero peor aún es encontrarse con una forma suave de chantaje como respuesta a su necesidad de desahogo. ¿De verdad merece la pena mandarlo todo al carajo por unos simples escrúpulos? Mejor desviar la mirada de ese abismo que todos llevamos dentro, quedarse con lo que nuestra mirada selectiva (el amigo de toda la vida, admirable, inalcanzable, exento de los penosos defectos que vemos en nosotros) nos ofrece de él. Queda así retorcido sin remedio cualquier concepto del bien y del mal en la familia burguesa, dispuesta a preservar sus posiciones al precio que sea.

El desenlace se puede ver como un homenaje (otro más) al vaso de “Sospecha”, pero cubierto por la ambigüedad chabroliana; un acto de amor genuino y de piedad para con los desesperados, un acto más bien de supervivencia, o tal vez ambas cosas a la vez. Sólo queda el mar, las gélidas costas del norte de Francia, o el límite remoto donde dos planos, cielo y tierra, se confunden en un mismo panorama gris. Por último, el verdadero masoquista, o el factor sádico-morboso que, lejos de ser sólo el detonante, determina una única actitud o tendencia siempre encaminada a lo mismo; la tolerancia y justificación del mal.
 
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Un mediocre escritor francés que realiza un aburrido reportaje sobre las costumbres de un típico pueblo alemán, del que desconoce incluso el idioma, entabla una estrecha amistad con una pareja local; un prestigioso novelista y su perfecta esposa. Sin embargo, la envidia que experimenta hacia su felicidad le hará concebir siniestros planes en su contra.

El ojo maligno es un Chabrol no tan conocido y primerizo (es un decir, pues llevaba varios títulos a sus espaldas) en el que se perfilan sus temas habituales y que cuenta ya con algunos de sus colaboradores; Stephane Audran como la tal Hélène, Pierre Jansen poniendo alerta con sus sonoridades crispantes… en un film en blanco y negro con algún rasgo pronunciado de nouvelle vague, sumado a una fuerte impronta de género criminal con esquema en forma de triángulo en sus personajes.

La estabilidad conyugal y el éxito profesional como equilibrio más que precario, fruto de ciertas omisiones interesadas, de mentiras piadosas. Un legado de muerte tras una guerra devastadora, similar a un trauma que se intenta dejar atrás, encontrándose en la mentira, el disimulo y la anulación de la personalidad el origen de todos los males. El carácter perverso o inconsciente del franchute en contraste con una inocencia germánica, pese a todo, sobre la que tan sólo hace falta rascar un poco para que salga la violencia a flote.

El escritorcillo parece concebido a imagen y semejanza de Tom Ripley, compartiendo incluso la misma fobia al mar. Joven sin escrúpulos, manipulador que se introduce en las vidas de la gente bien y que experimenta sentimientos de frustración, envidia e inferioridad, una mezcla de deseo de tener lo que otros tienen y a la vez de hacerles la vida imposible tras la más agradable de las fachadas. En su prepotencia, él sería el ominoso “ojo” que decide revelar, sacar a la luz los secretos; como nos podemos imaginar, esto se le va de las manos. No existe culpa peor, ni más aterradora, que la del criminal que no ha cometido realmente un delito, y aquí encontramos de nuevo ese discurso moral tan marcado.

El seguimiento a lo Hitchcock de la esposa infiel, o un echarse a filmar la vida en las calles, los transeúntes, el gentío de una celebración del Oktoberfest, destacan en una película pequeña y concisa, con pocos actores y escasas localizaciones, con detalles a modo de metáforas visuales; el ajedrez, el tipo tocando la flauta (frivolidad y absurdo de estas gentes), el espectáculo de cabaret con la muchacha desnuda (de nuevo el componente voyeur)… El aspecto que más chirría tal vez sea la constante voz en off del protagonista, que sostiene prácticamente la narración y nos da cuenta hasta de sus más recónditos pensamientos.
 
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