Aviso de posibles SPOILERS sobre las dos películas.
Cuidada puesta en escena, entornos bien definidos en su paleta cromática (esa amplitud de muros del hospital, más malrollera que en un entorno cerrado), sin cámara en mano molesta, movimientos de cámara prolongados, planos cenitales, inclinados e invertidos y demás despliegue en forma de ruidos siniestros… tal vez hacen de esta “Smile” una película que se crece más en los detalles que en su concepto general tan trillado.
Sería otra sobre una maldición que se transmite de unas víctimas a otras según un marcado modus operandi o esquema familiar del género, con escenarios, personajes y situaciones mil veces vistos en el apartado de horrores sobrenaturales que personifican un aspecto turbio de la vida de los protagonistas; aquí una película que trata del trauma mal llevado convertido en monstruo, heridas del pasado, miedos, suicidio… y que se contagia a través de la mirada horrorizada. Parece que no busca ser la gran obra del terror moderno como sí lo han intentado otras últimamente, manteniendo el apego a ese cine de sustos y palomitas y abrazando el lugar común sin mucho reparo.
Al menos un par de sustos muy bien elaborados. La sonrisa siniestra como reveladora de lo que acecha tras la máscara de la normalidad y de que todo marcha bien. Mujer en problemas que deriva hacia la locura y la angustia de no ser creída por nadie, cuando antes estabas del lado cómodo que separa a médico y paciente; poner una distancia entre nosotros y lo que nos perturba, aunque con ello no logremos dejarlo marchar. Panorama personal y familiar de gente que intenta escaquearse y mirar para otro lado, aunque anecdótico y sólo esbozado. El final en modo casa del terror es lo que se le va de las manos al director, estirándolo demasiado y jugando a marear la perdiz, con la aparición triunfal del bicho de turno.
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La secuela aumenta la duración, la truculencia, amplía el concepto del trauma, los complejos de culpa y la difícil convivencia de uno con sus propias neuras, y sí, también ahonda en los fallos de su predecesora. La fama y sus excesos, la exposición pública hasta el punto de la cosificación de una diva del pop actual, con el referente ineludible de (cómo no) Taylor Swift, son terreno abonado para que el bicho este haga de las suyas. El artista autodestructivo y fuera de control tiene un lado oscuro fruto del ego desmesurado y los abusos de todo tipo que sacan lo peor, esto recuerda a cosas que ya se han hecho y mejor, machacado además de una manera que es cualquier cosa salvo sutil.
Lo bueno, un tipo tras las cámaras bastante desatado que demuestra una vez más esa pericia formal, con elegancia en los travellings (la tan comentada secuencia inicial con el policía de la anterior, que es de aplauso) el plano invertido que parece querer convertir en su sello, o la dedicada recreación de entornos, números musicales incluidos (u ocurrencias como ese juego del “veo veo”), que permiten estilizar aún más una película en todo momento excesiva, sin muchos sustos pero tal vez mayor recurso al gore.
Destacaría también la actuación muy física de una protagonista dándolo todo y consiguiendo además todas las estrellas en el GTA en un momento dado. Al menos un detalle que me dio más angustia que cualquier engendro fantástico: cómo los progenitores de estos mega-iconos de masas se enredan ellos mismos también en un círculo vicioso que les hace perder la perspectiva y olvidarse de que sus hijos son sus hijos y no una máquina de hacer billetes. También tiene su punto esa semblanza breve pero muy auténtica de la amistad femenina pese a toda la mierda.
Lo malo, a parte del personaje “explicador” sacado un poco de la manga… pues sin ir más lejos, todo el tercio final, con la peli rompiéndose, cayendo en el todo vale y exigiendo demasiadas tragaderas al espectador en cuanto a trampas chorras y manipulación, con el bicho siendo poco menos que omnisciente en un continuo de sueños, alucinaciones y demás que acaba siendo previsible y cansino.
El desenlace nos lo podíamos imaginar y supone la conclusión lógica del ciclo de la criatura: la leyenda, maldición o lo que sea se vuelve viral y se expande masivamente en la sociedad del espectáculo y del consumo masivo.