Mi padre estuvo en varios equipos de fútbol aficionado como masajista deportivo, compaginándolo con su trabajo habitual. Todas las Navidades vendía lotería de uno de esos equipos y se quedaba bastantes, a veces medio taco, para comprársela a los chavales (para algún viaje de un torneo de verano o tener las equipaciones más baratas).Joder, ¿nadie va a decirse qué números salen en el Euromillones?
A principios de los noventa tocó el Gordo de la Lotería de Navidad en nuestra ciudad y las hermanas de mi padre fueron dos de las agraciadas (millón y medio por papeleta, unos nueve mil euros al cambio), por lo que llamaron a mi madre para felicitarla porque mi padre debía tener una o dos papeletas casi seguro. No las encontró en casa y creyó que las tendría en la taquilla del trabajo, así que no se preocupó en exceso. ¿Qué ocurrió? Se la habían ofrecido muchas veces, pero llevaba ese año bastante lotería y no la compró o cambió por unas de las suyas.

Con ese dinero mi padre, con un socio (un fisioterapeuta, amigo suyo), hubiese mandando a la mierda el trabajo y podría haber tenido su propio salón de masajes, cuando en la ciudad solamente había uno (en realidad un curandero, con remedios caseros). Estoy seguro de que les hubiese ido bien, ya que los dos eran muy buenos (con un administrador controlando las cuentas del negocio). Fue una espina que no se sacó nunca y cada año estuvo más amargado en el trabajo (salió de trabajar un viernes y murió el domingo, en un partido del equipo donde estaba).
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