El ¿maravilloso? mundo de los centros comerciales

Cuando vives una gran ciudad, puedes (y debes) hacer lo que dice Diodeme.
El problema es cuando vives en un pueblo, donde el único modo de entretenerte (a no ser que tengas 10 años y te vayas a la plaza a jugar) es coger el coche e irte al centro comercial de Benidorm donde va, y no exagero, toda la gente de la comarca. Y si quieres ir al cine... pues también al centro comercial. O eso, o te mueres de asco en casa (y hoy más, que no para de llover).

Afortunadamente para mí, yo paso ya más tiempo en la ciudad.
 
Ya, pero cuando te casas, caes muchas veces en el centro comercial sí o sí. Y es que no tienes otra muchas veces. Es una fuerza invisible, la más peligrosa de todas..., ya lo dijo el Che.
 
Claro, es que esas cosas se arreglan como las han arreglado toda la vida los hombres. Con bombas. No basta con no ir. :cafe

Manu1oo1
 
diomede dijo:
yo habré visto mucho Club de la lucha, tú a lo mejor demasiada poca luz natural.

puedes hacer lo mismo que haces en un centro comercial gastándote la misma pasta y mucho mejor invertida. Ya no es tema de pasta. Es tema de borreguismo, es un centro de consumo...gasta, gasta, gasta sin moverte mucho, no sea que vayas a ver algo "interesante" que no controlan las grandes cadenas de tiendas, cines, restaurantes y ellos no puedan llevarse la pasta.

Si no sabéis renunciar a ciertos niveles de consumo, no entiendo de qué os quejáis. Claro que es más cómodo recurrir a la postura del malditoconsumismoalquenosobligan de salón y soltar sobradas chorras como "bombas en los centros comerciales" y tal.
 
Amigos también hay museos. Entrar en el prado son 6 euros. La mitad si eres menor de 25 (creo que con carnet joven). Magnífica ocasión de ver a Rembrant del que hay ahora exposición, y fíjate que luego puedes venirte al post de fotografía y comentar la influencia de su luz en el cine. Para ver cine en toda su magnitud también hay que ver pintura. O abrir post en sección cultura.....
 
Que no, que aquí nos obligan a punta de pistola a ir cada fin de semana a los centros comerciales a consumir masivamente. Ya se sabe que es la ÚNICA posibilidad de ocio que se ofrece. ¿Bares, restaurantes, cines individuales, tiendas solas, etc? ¡Desaparecieron hace años!
 
¡Calla, coño, que tu no ves la luz natural! ¡No hay más que ver tu avatar! :diablillo

Manu1oo1
 
Los centros comerciales tienen su utilidad y hay que saber usarlos simplemente cuando se los necesita. Anda que no hay cosas para hacer y lugares para ir en tu tiempo libre que no pasan por un Parquesur y similares. Otra cosa es que las personas se dejen dominar por la pereza y recurran a lo fácil. Y por supuesto, un centro comercial está pensado para ponértelo fácil en cuanto a ocio: hipermercado, tiendas, comida "barata", recreativas (o lo que quede de ese mundo) y multicine.

Pero claro, a poca gente (por suerte, en cierta manera) se le ocurre irse a pasar la tarde a un pueblo perdido de la sierra, habiéndose zampado una buena comida en cualquier mesón, pasear por el campo con la maravillosa luz otoñal que tenemos ahora ... total, lo del rollo rural es un coñazo y además sale caro ¿verdad? Por eso es mejor irte al centro comercial de turno y gastarte pasta a mansalva en pequeñas chuminadas, o (en caso de que seas joven y no tengas pasta) mirar esas chuminadas y soñar con el día en que te las puedas comprar.

Estoy de acuerdo en que vivimos en un sistema en el que se nos invita a consumir sin mesura alguna ... pero por otro lado, es relativamente sencillo llevar otro tipo de vida, y no hace falta tanta voluntad creo yo.

Un saludete.
 
Totalmente de acuerdo con Mensch: hay diferencia entre INVITAR y OBLIGAR. Lo que pasa es que muchos confunden cómodo con único.
 
Estoy de acuerdo con ese ultimo mensaje de Mensch Machine.

Nadie nos obliga a utilizar nuestro ocio de un modo preconcebido, otra cosa es que haya gente más o menos coaccionable y se diviertan ( o no ) en masa de la misma manera: consumiendo.

Particularmente no creo que el problema sean sólo los centros comerciales. A mi no me han hecho nada, pero si hurgáis un poco más, descubriréis lo bien montado que está todo:

- Un centro comercial está ubicado normalmente en las afueras. Eso implica un desplazamiento en coche.

- El centro comercial posee diferentes alternativas para todos los espectros de edad. Desde restaurantes vegetarianos a parques infantiles, tiendas de ropa para jóvenes y cadenas de electrohogar. Difícil no entrar en algún target.

- El centro comercial abre sus puertas todos los días, de lunes a domingo. Los supermercados de hecho, abren muchos festivos.

- Van absorviendo todos los recintos que habitualmente han constituido los lugares de entretenimiento para la población: cines, pubs, discotecas, salones recreativos, etc.

- Por último, suele haber ubicada alguna gasolinera cerca.

Para mi está todo clarísimo.

Pd: me encanta entrar en los centros comerciales, ver de todo y salir sin comprar nada ;)
 
Qué pocas librerias hay en los centros comerciales, por cierto...
 
Hola!!! Los centros comerciales están muy bien. Los prefiero a los mercadillos de mi pueblo. Os aseguro que compro con unos descuentos de la leche, solo hay que ver fechas y saberse el truco. Tienes mil cosas dónde elegir, desde caro hasta barato, me encanta ver escaparates, el ambiente de la zona de restaurantes, y los cines son mejor que los que tengo mas cercanos, que son una :kk .

Si hace calor no te da directament el sol y en invierno si llueve no te mojas... :yes :lol Para ir con niños es ideal de la muerte, se entretienen muy bien.

No sabeis apreciar lo que os ofrece la vida moderna. :lol :lol

Hay que saber aprovecharlos y utilizarlos, además haces la compra en menos tiempo y tienes mas productos donde elegir. También se ven ofertas que alguna cae de vez en cuando.

No están tan mal. Ya quiera tener uno grandísimo, cerca, barato y con calidad.

Un despilfarrador saludo :hola :hola
 
Cuando vine a Ferrol no había Centros Comerciales, y ahora hay uno cutrecillo que bueno, hace el apaña para comprar y ver una peli el finde. Por no hablar de buffet libre de desayuno por 2 euros el café :) . Por otra parte, me pilla lejos y no suelo ir, a no ser que sea a comprar algo en particular y como he dicho, ver pelis.

Uma amiga de aquí se ha ido a Madrid a vivir y me dice: "joé, el otro día quedé con una chica y le dije: ¿qué hacemos? y ella me dijo: "vamos al centro comercial a tomar un café". La pobre, viene de aquí, de escapar a pasear a la playa cuando le apetece y ahora eso :(
 
Anda que no hay cosas que hacer más que ir al C.C. a pasar la tarde... lo que pasa es que mucha de la gente que vemos en ellos no es que se pasen todos los días allí, los hay que irán a pasar un día de pascuas en ramos, que de todo habrá.

De todos modos a mí me da lo mismo lo que haga "la gente". A mí me gusta eso de "Vive y deja vivir", así que lo que hagan los demás con su tiempo y con su vida no es ni asunto mío ni merece que critique nada de eso. Mientras yo pueda vivir a mi rollo... :ok
 
diomede dijo:
Bombas en todos los centros comerciales.

Se solucionarían varios de los problemas de esta sociedad.

adéu!

Bestia. No lo dirias si trabajaras en uno. Es más, eso díselo a algun superviviente ( si lo hubo, no lo recuerdo ahora mismo ) de la bomba en el Hipercor de Barcelona hará más de 20 años, a ver qué te dice.
 
Vamos a ver, que me aspen si defiendo a Diomede, pero joder, lo de las bombas es sólo una manera de hablar...
 
dawson dijo:
diomede dijo:
Bombas en todos los centros comerciales.

Se solucionarían varios de los problemas de esta sociedad.

adéu!

Bestia. No lo dirias si trabajaras en uno. Es más, eso díselo a algun superviviente ( si lo hubo, no lo recuerdo ahora mismo ) de la bomba en el Hipercor de Barcelona hará más de 20 años, a ver qué te dice.

yo creo que dentro de la broma de humor negro, yo entendí que la intención del chiste era sobre eliminar el edificio y lo que significa, no cargarse a nadie, no seamos tan sensibles que estamos de broma, joder
 
Siempre que sale a colacion el tema de los centros comerciales, se me viene a la mente un articulo, maravilloso, de Eduardo Galeano. Forma parte de mi coleccion de textos guardados en el pendrive. En su dia fue posteado en mundodvd. Os lo copio-pego, merece la pena la redifusion. Se que es largo...pero....leedlo...

El Imperio del Consumo (Eduardo Galeano)

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.

La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica: EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el 5% de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».

Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30% entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. Que ironía. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida e ideas de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald's, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald's no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald's de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.

Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald's, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?

El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a finales del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende primero en las grandes urbes, tal vez por eso ni esta ni se le espera en sus aldeas. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?

El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, sin pausa, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un centro comercial del tamaño del planeta.

:palmas :hail

Sublime.


313025605_5270694165.jpg

"Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos, y encima el gel de ducha está cada día más caro"
 
Ay dios... a mi estos post casi que me dan risa, perdonad. Algunos por aquí, como el COF (Caricaturista Oficial del Foro, usease Dussander) ya sabéis que ideas tengo... y todo esto que estáis diciendo pues... me parece muy bien. Solo que todos (me incluyo) estamos aquí diciéndolo, en vez de hacer algo. Yo estoy con diómede, unas cuantas bombas en centros comerciales no vendrían mal. Cuando las tiendas estén vacías, no me malentendáis ahora :doh
 
Yo reconozco que en los 80 me flipaban.
Ahora, salvo cuando los niños iban en silleta por aquello que comenta Kingdom de la lluvia y eso, apenas los pisamos, salvo que vayamos realmente a comprar algo.
No es que me disgusten pero es que no les veo ninguna gracia. Ninguna. Quizás porque los que hay en mi ciudad tienen un 80-85% de tiendas de ropa, que es el tipo de tienda que más odio :doh

De verdad, no les veo la gracia.

Lo de las bombas y tal como que no lo entiendo: para que no os den tentaciones de ir? Porque si no, con no acercaros, ya está.
 
Como ya dije en otro post anterior este tema abre infinitas posibilidades y también miles de formas de malentender lo que se dice. Yo acudo a esos templos del consumo, pero se ha dicho una cosa y es que la gente es libre de ir o no ir. Bien, partamos de la base de que yo no creo que el mundo actual se rija por la libertad del individuo. Si, aquí puedo críticar el sístema, por lo tanto tengo libertad, podrían decir ustedes. Pero no, yo soy un insecto insignificante con una opinión que no irá a ningún lado, una opinión que solo tengo yo y una opinión que no irá a ningún lado ya que estan seguros que esa opinión no moverá masas, ni generará tensiones. Es más, es la opinión de otro borrego más, otro borrego que al menos es consciente de su condición. Por eso dudo bastante de esa libertad o esa democracía que tano solo son palabras sin significado alguno, palabras vacias que llenan bocas de políticos. Por eso permitidme dudar si somos libres o no de ir a un centro comercial cuando nuestra vida como chicos de ciudad pasa inevitablemente por ello, pero aparte de esto, cuando nuestra vida como consumidor esta plenamente prediseñada y ya hemos sido programados para ello.

¿Libres? ¿Para consumir? ¿Para bailar al son que lo hacen todos? ¿Para ir a creernos que esto es una democracia cada cuatro años? ¿Para aplaudir y compartir los mismos gustos con todo el mundo? ¿Para elegir entre Zara y Stradivarius? ¿O entre el Alcampo o el Carrefour?

No podemos hablar de esa libertad cuando estamos tranquilos dejando que a nuestros hijos los programen unos muñecos horrorosos de gomaespuma y que les mandan irse pronto a la cama, cuando mientras tratan a los niños como imbeciles integrales ponen publicidad de lo guay que es comer al McDonald's... Después tenemos lo que tenemos, cabezas bombardeadas mediante publicidad y sufridos padres llevando a sus hijos al McDonald's para que se calle y para que un Hijo de la Gran Puta haya conseguido una vez más el objetivo.

Y no es que este criticando el sístema capitalista. Simplemente crítico nuestra falta de criterio y nuestra forma de ser los matones de cualquier mafioso dueño de una gran multinacional cuando vamos y denigramos a aquel que a lo mejor ha visto que este juego no era lo suyo. Por lo tanto, yo como visitante de centros comerciales puedo comprender y comprendo que una opción más interesante es irte a dar un paseo por el campo con la familia. Seguro que es mejor que dar ese paseo con los tuyos por el pasillo de Lacteos.

Por cierto, recuerden recuerden que dentro de poco es el cinco de Noviembre.
 
Arriba Pie