El platillo volante, o lo que diantres sea, es la maravilla en estado salvaje, la imagen del horror perseguida por todos, en la que cada uno ve lo que quiere ver (la posibilidad de hacerse famosos para unos pobres diablos, la obra maestra del artista incomprendido, la respuesta a un trauma de infancia…) y que da sentido a sus vidas. A mí me parece que es un ángel como los de “Evangelion”, al que no se puede mirar de frente si no se quiere incurrir en su ira, y esto se relaciona con el “milagro”, la posibilidad ínfima de que ocurra algo imposible y que, cuando ocurre, no puedes hacer nada salvo negarlo sin más, como hace el prota. “...Y te cubriré de inmundicia y te convertiré en espectáculo”. Sea lo que sea, tiene sus reglas propias y se le puede vencer, como cualquier bicho de cualquier “monster movie”.
¿Qué más? Mucho más. ¿Tiene sentido o lleva a algo? Difícilmente. El chimpancé, o esa secuencia clave con la que abrimos y sobre la que orbita el film (de nuevo, muy bien hecha); el superviviente de una desgracia se cree el elegido que puede domar a la bestia, pero siempre habrá algo fuera de su comprensión, de su mirada, que le devore, el animal que se resiste a ser aprehendido más allá del instante fugaz, como aquel en que un zapato se queda extrañamente en pie.
Y luego tenemos el otro motivo principal, el del espectáculo, desde la barraca de feria pre-cinematográfica hasta el reinado de los youtubers idiotas actuales, pasando por los shows televisivos, la multi-cámara digital frente al celuloide puro y la fotografía antigua, que acaba siendo lo que triunfa sobre el mal. Personajes que son como los grandes olvidados del cine: entrenadores de caballos, niños actores en horas bajas, con un componente inevitablemente racial.
Otros que ocultan su rostro, como la señora del velo, el tío de la moto, la propia criatura; miradas de reconocimiento (las de los hermanos), miradas que matan… ellos quieren dejar de ser invisibles gracias al programa de Oprah, que les ofrezcan sus quince minutos de fama como redención de sus vidas fracasadas, una pretensión de ser validados por esa misma sociedad del espectáculo que les da la espalda, lo que cuestiona creo yo ese final feliz.
Todo ello sugerente, no se puede negar… pero deshilvanado, rebuscado, sin un tono definido; muy chorra para tomárselo en serio o como metáfora de nada, muy serio y siniestro a ratos como para partirse el nabo o ver ahí algo intrascendente.