Mi madre le tenía un pánico cerval a los perros, y mi padre no los quería en casa. Tuvimos hamster en mi infancia, y algún pájaro, que no hacía mucha gracia verlos enjaulados y no tuvimos más.
Un buen día, saliendo del instituto, me encontré a un perrillo callejero, muy pequeño. Había un corro de chavales alrededor haciéndole carantoñas, pero a los 5 minutos, se habían ido. El perro (perra) no era de nadie. No tenía collar, ni correa, ni nada. Era muy pequeña. Yo me fui para mi casa... y allá que la perra empezó a seguirme. No importaba las vueltas que yo diera. La perra iba detrás de mí. Llegué a mi casa y aún estaba ahí. Entré en mi casa, y se vino detrás.
Le expliqué la situación a mi madre, que no quiso saber nada. Me dijo que la llevara al veterinario para que se la quedara, o si conocía a alguien que la quisiera, pero que ella perros en su casa no quería.
Total, que me fui al veterinario. En aquellos años, en mi pueblo sólo había 1 clínica veterinaria. Hoy hay 6 o 7. La perra se quedó detrás de mí todo el tiempo. Si yo me paraba, se paraba ella. Si yo andaba, se venía conmigo. Hice una cola espectacular en el veterinario. A lo mejor estuve una hora ahí sentado hasta que me tocó el turno. La perra estuvo todo el tiempo sentada al lado mío, mirándome, sin mover un músculo.
La veterinaria, básicamente, me mandó a tomar viento y se lavó las manos. Que ella no se hacía cargo de esas cosas, ni conocía a nadie que lo hiciera. Eran otros tiempos, no había protectora de animales en mi pueblo, ni nada que se le pareciera. Que no era su problema. Total, que me volví a mi casa y le expliqué la película a mi madre, y ella me dijo que entonces, que cogiera a la perra y la dejara donde la había encontrado, en la puerta del instituto. Le dije que no podía hacer eso. Que no podía obligarla a tener al perro en casa si no quería, pero tampoco podía ella obligarme a tirar de ahí a la perra. Que si la quería echar, que se la llevara ella, que yo era incapaz, y si me la llevaba, era capaz de pasar la noche en la puerta del instituto con ella.
A todo esto, entre idas, venidas y discusiones, eran las 8 de la tarde. Aparecieron mis hermanos, que hicieron piña conmigo. Mi padre no quería un perro en casa, pero tampoco quería echarlo a la calle. Total, que al final, aunque nos costó varios días de disgusto con mi madre, la perra se quedó con nosotros 14 años, hasta que falleció. Le pusimos Kimberly, cosa de mi hermano pequeño, era el benjamín de la casa, no se discutía nada de lo que pedía y quería que su perra se llamara como la Power Ranger rosa. Pos vale.
Al principio, el favorito era yo. La perra se pasaba todo el tiempo conmigo cuando yo estaba en casa. Mientras echaba mis partidas al Diablo II, o empezaba a bucear en los primeros foros, la perra estaba siempre mirándome, sentada en su cesta. Luego, la favorita fue mi madre. Y me atrevería a decir que viceversa, también. Como un día dijo mi madre "paso más horas con ella que con cualquiera de vosotros, así que asumidlo".
Teníamos nuestras reglas, y en general, las respetamos. La perra dormía en un cesto que por la noche, estaba en el salón. Había que sacarla a pasear a diario. Al principio, esa responsabilidad era sólo mía, como la de llevarla al veterinario. Con el tiempo, mis hermanos e incluso mi madre, gustaban de ayudarme. Teníamos un gigantesco jardín, donde hacía sus cosas. La paseábamos por un descampado que había cerca de mi casa, porque en aquella época no había espacios para perros en jardines u otros sitios. La perra comía pienso en un cuenco en la cocina y no se le echaba "comida humana". Aunque cada vez que cenaba con nosotros, mi abuelo no dudaba en darle, por debajo de la mesa, manjares exquisitos, hasta que mi madre lo pillaba.
Nunca debíamos dejar que nos lamiera, algo que siempre entendimos como anti-higiénico, y salvo algún lametón a traición, sobre todo cuando volvíamos a casa y se ponía loca de alegría, nunca la dejábamos. Tampoco jamás subirse a las camas o dormir en ellas, cosa que cumplimos... y tampoco subirse a los sofás, cosa que se incumplió flagrantemente. Ella tuvo su propio rincón en el sofá, al lado de mi madre. Un día vinieron a comer unos amigos de mis padres. Uno de ellos se sentó en el hueco que ocupaba ella. La perra no dijo nada, se puso delante de él, mirándolo fijamente. El hombre se extrañó "¿Porqué me mira así? Parece que quiera algo de mí". Mi madre le soltó "No es que quiera nada, es que estás en su sitio". Y mi madre, con todos sus ovarios, hizo que el hombre se cambiara de sitio
No creo que las emociones y satisfacciones obtenidos del trato con animales sean iguales a los que obtenemos de las personas. Tampoco creo que el hecho de que sean diferentes tipos de cariño, signifique que sean mejores o peores, mayores o menores. Son amores distintos. Pero amor, es. Llamadlo afecto, si lo preferís. Yo sé que, el día en que se murió, fue uno de los peores de mi vida. Y que el día en que esté agonizando en el lecho de muerte, si conservo memoria, sabré que una de las mejores cosas que he hecho fue no volver a dejarla tirada en la entrada del instituto.
También es cierto que ahora no quiero perros. Ni gatos. Tampoco nadie de mi familia. Nuestra perrilla era la que era, con sus cosas buenas y malas, y no quiero otros perros para sustituirla, porque me parece imposible tal cosa.