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Se desarrolla en un avión y el ambiente es coral, pero deduzco que el protagonismo lo van a ejercer mayoritariamente tres enloquecidos azafatos que hacen y dicen cosas muy raras. Pero sigo esperando a Godot. Que algo de lo que veo y escucho me haga una mínima gracia, que alguno de los pretendidos gags sea hilarante, que los diálogos, los personajes y las situaciones evidencien el contrastado talento de su director para crear un determinado mundo, despertar una sonrisa, algo que justifique estar mirando la pantalla.
Los ingenios verbales más audaces están al alcance del humor infantil o preadolescente entre rijoso y escatológico. Confundir llamadas con mamadas, repetir hasta la náusea que la mescalina que lleva un traficante tiene sabor anal porque ahí es donde la oculta su dueño, inventarse un baile al ritmo de una canción discotequera en el que no sabes hacia dónde mirar.
Y, cómo no, Almodóvar, tan comprometido él con la cruda realidad, no olvida en medio de esta idiota charanga sacar a un banquero que huye a México después de la gran estafa. Y a una dominatrix perseguida por el gran poder y por un sicario porque amenaza con chantajear al Estado con la lista de sus clientes. Son apuntes pintorescos y marginales. Lo que más le interesa es hablar de pollas hasta la extenuación, de la bisexualidad como regla infalible y generalizada del deseo en hombres y mujeres, del supremo placer que se pierden los hombres si los de su género no les han comido los genitales con inigualable arte.
Se supone que en algún momento semejante acumulación de dislates con pretensiones libertarias y surrealistas va a conseguir su sagrado objetivo. O sea, que te rías. Pero no hay forma. La acreditada gracia del autor en esta ocasión parece no haber nacido de su cerebro, sino de su glúteo, lugar nada conveniente para despertar la hilaridad en los receptores. Y no entiendo, hasta que me lo explique alguna tesis doctoral, en qué se diferencia este producto de las comedias más cochambrosas de Mariano Ozores, de aquel cine subdesarrollado y sonrojante. La sensación permanente que me asalta padeciendo la ridícula Los amantes pasajeros es algo ingrato llamado vergüenza ajena. Se supone que por muy endiosado que se sienta el creador Almodóvar, alguien que le profese cariño, respeto y en posesión de unas gotas de sentido común debería haberle ofrecido honesto y lúcido consejo sobre ese guion y el patético engendro que podía crear al trasladarlo a imágenes. Pasen, vean, escuchen y juzguen, comprensibles buscadores de alegría y posmodernos envejecidos. La entrada solo vale entre siete y diez euros. Pero dudo que exista el libro de reclamaciones.