Les savates du bon dieu (2000) de Jean-Claude Brisseau
Que Brisseau no sea un director citado continuamente, cuya obra se conozca en profundidad de principio a fin (pues todas son excelentes) por la cinefilia, es una de las grandes injusticias con las que me he encontrado dentro de este medio. Luego se insistirá sin pausa en nombres mediocres o en continuar desgranando lo ya desgranado. Un autor con una coherencia y una filmografía a prueba de balas, poblada de películas realmente accesibles que no renuncian a un altísimo grado de misterio, de libertad total que siempre le concede a sus personajes. Brisseau es, como no, un director absolutamente único que parece formar un universo propio dentro de la historia del cine, pero a mi entender subyacen unas fascinantes conexiones con el mejor cine clásico (cosa común en los mejores directores de las últimas décadas) en toda su puesta en escena (entendida esta en el sentido más amplio del término): no solo los elementos que ayudan a crear una estética (con su ética) sino en ese atrevimiento, misterio y verdadera complejidad temática que recorre su cine. Un cine que no da respuestas y que multiplica sus significantes tras cada visionado.
Aquí nos encontramos con una película verdaderamente atrevida, vital, increíblemente joven para la edad que tenía Brisseau cuando la hizo. Antes de sumergirse en esa especie de trilogía temática sobre el deseo que conformarían sus tres siguientes obras maestras, aquí nos ofrecía, en apariencia, una pequeña fábula en la que un pobre diablo, al no ser capaz de estar a la altura en su temprano rol de marido y padre, termina atracando un banco, huyendo con una de sus empleadas y, en una especie de road movie, emprendiendo un viaje con ella para encontrar a su mujer que le ha abandonado. Por el camino se unirá un excéntrico africano apasionado con la magia negra y la informática, con supuesta sangre azul. En este viaje contemplamos un verdadero aprendizaje de emociones por parte de Fred, el protagonista, una maravillosa odisea donde Brisseau se pone de parte del pobre, del desgraciado y, con una magnífica comprensión de su mirada, nos muestra todo el espectro de emociones por el que pasa: el eterno anhelo de su amada, el sufrimiento, el nuevo amor que se va forjando con Sandrine (la empleada del banco), la lenta pero irreversible comprensión de las injusticias sociales que va adquiriendo...
Una fábula que, de paso, acaba transformándose en subversiva y revolucionaria, atentando contra todo un campo social, mostrándonos, como de costumbre, una decadencia bañada en lujo que separa dos mundos irreconciliables. Y todo esto bañado en una luz que provoca Stendhal, de una enorme calidez, que envuelve a cada uno de los personajes que habita el film, de una cercanía que emociona realmente. Con maravillosas ideas visuales tan comunes en el cine de Brisseau, como ese constante acercamiento con la cámara hacia Elodie, la amada perdida, desnuda y posando en una cama de sábanas rojas (de nuevo demostrándonos que, hoy en día, casi nadie filma el deseo como él), una maravillosa selección musical que parece sublimar cada escena convirtiendo a los dos pobres diablos en verdaderos héroes marxistas, seres humanos dignos y compasivos. Aparece también un humor extraño y delicioso, generalmente con el personaje de Maguette, el africano, y canaliza los momentos de acción con una fisicidad y síntesis visual que habría que relacionar con el mejor cine mudo (ese magnífico clímax con la secuencia del bar, persecución y arrinconamiento que termina con fuego).
En fin, una absoluta maravilla.