Corazón de cristal es una fábula ambientada en un pueblo alemán del siglo XVIII y uno de los films más extraños del teutón, con la peculiaridad de que los actores fueron hipnotizados y esto da lugar a que hablen e interpreten de una manera artificial y como en estado de anonadamiento.
El maestro vidriero de la fábrica de cristal muere sin haber transmitido el secreto para la elaboración de un preciado cristal de color rojo, lo cual sume a la población en un estado de desorientación y locura colectiva. El único que mantiene algo de compostura es un pastor dotado de poderes adivinatorios, habitual soñador e iluminado herzoguiano que se pelea contra un oso imaginario (¿?), cuyas visiones de un futuro catastrófico, o una probable predicción de los horrores del siglo XX y de la modernización de la sociedad, son incomprendidas o ignoradas.
A su estrafalaria manera, Herzog nos muestra aquí un mundo en estado terminal que ha perdido los principios que le servían de sustento, pero que no puede encontrar aún algo nuevo que lo impulse. Que no puede volver atrás y recuperar algo que se ha roto sin remedio, como un frágil cristal, una inocencia o pureza espiritual que el vidente aún preserva, entendemos, gracias a su contacto con una naturaleza desbocada; la película empieza con unos impresionantes planos del bosque, de un mar de nubes, acompañados por la música de Popol Vuh y por el off del protagonista declamando sus inescrutables vaticinios.
Y es que lo que vemos se aleja considerablemente de un cine convencional para adentrarse en una experiencia estética que a ratos es irritante, pero que no puedes dejar de mirar. Por la pantalla deambulan seres grotescos, fantoches y tarados: una mujer retrasada acompañada de un pavo, un ensimismado jugador de cartas, dos gañanes que se pelean, se asesinan y se añoran, una decrépita aristocracia que da rienda suelta a sus abusos hacia los de más abajo… la sensación siempre es de estatismo y rigidez, de miradas al vacío. Frente al paisaje romántico, interiores dignos de un Rembrandt para un film no narrativo, digresivo (las extensas descripciones visuales del proceso de fabricación del vidrio soplado), que parece estancado en torno a una misma anécdota y sin podernos aferrarnos a gran cosa como espectadores.
Por ello, la conclusión es más abstracta que estrictamente argumental y viene en forma de otro cuento; el de unos isleños ignorantes al borde de la civilización y su decisión de ir más allá del horizonte en una humilde barca. De nuevo esa imagen, como la del célebre pingüino desorientado de la Antártida, del hombre reducido a un ser insignificante ante la inmensidad, lo absoluto que excede sus fuerzas, desafía sus límites, y que pese a todo no puede evitar avanzar, con toda su fragilidad, en un acto de valentía o de insensatez. Y esto tal vez y sólo tal vez sea algo hermoso.