Les rendez-vous d'Anna (1978) de Chantal Akerman
El poder del cine de Akerman proviene en gran parte de su preciso
découpage. El trabajo de planificación y estructuración del film en planos de alto esmero compositivo y su relación con otros en pequeños bloques de tiempo. Es una cineasta que presta especial atención a la geometría del espacio y a la simetría de los elementos. Las películas de Akerman nos muestran hasta cierto punto la realidad más bruta, podemos sentir el mundo y las personas que habitan en él, pero detrás de cada plano se esconde un misterio, una puerta hacia lo desconocido.
Este es un film de viajes, de pequeñas estancias en hoteles, poseedor de una obvia relación con la propia vida de la cineasta, con idilios pasajeros y hombres confesores ante una mujer, directora de cine también, que parece distanciada y a la vez necesitada de todo el amor del mundo (bellísima confesión nocturna a su madre). La madre como epicentro del cine de la cineasta belga, que ronda los metrajes como una presencia fantasmal, incluso aunque no aparezca en ningún plano, a la manera de un ángel guardián. Como todos los grandes films, es también un agudo retrato de su tiempo y un documento del momento de su rodaje. Podemos ver y oír con exactitud las calles, el tráfico, las gentes, que parecen interponerse al propio drama o transformarse en la propia materia que le interesa a Akerman: conversaciones en tren que se detienen para observar desde la ventanilla los andenes que van desapareciendo. El gusto por capturar lo real, por organizar el ruido de una ciudad o el caos de la vida moderna en pequeños fragmentos espacio-temporales que intenten dar un sentido a una alienación y falta de propósitos que van en incremento.
El verdadero cine de la clase obrera, habituado a sus ritmos de vida y a sus tiempos, para nada frío ni distanciado. En su exactitud y gran esmero pictórico se encuentra un gran mural de la vida de una mujer algo desconectada del mundo pero ansiando encontrar un punto de anclaje.