Estaba en casa, pero…, de Angela Schanelec
Lo último de esta directora alemana, representante de la denominada “escuela de Berlín”, va de una madre en apuros tras la desaparición y posterior reaparición de su hijo. También del duro mundillo de las compras y ventas por Wallapop, de una función escolar en la que se está representando Hamlet por unos niños como muy germánicos y seriotes, e incluso hacen acto de presencia animales como un burro y un perro sin que sepamos muy bien el porqué. Se lanza doña Angela a “construir” un relato sin demasiada conexión, el de las vivencias de unos personajes afectados por la pérdida, contadas de forma muy elíptica, dejando libre al espectador en mitad de una película sin mapa, sin instrucciones de uso, en la que nos vemos obligados a interpretar lo que vemos. Cuanto menos un notable ejercicio de cuidada fotografía, sobriedad y atención a un encuadre que a veces se prolonga de manera exasperante, muy parco en diálogos, con la excepción de una puntual explosión verborreica de la prota a mitad de peli en torno al teatro como mentira real y verdad subjetiva, que de algún modo nos ilumina sobre de qué trata la cosa... de igual forma que lo hace un cover lento e intenso de “Let’s dance” de Bowie.
¿Hasta qué punto la ficción y la representación son “reales” cuando se comparan con las tragedias y las experiencias de la vida real, acaso no quedan en nada en comparación? ¿No es acaso más falsa una vida que nos empeñamos en vivir aunque esté irremisiblemente dañada? Preguntas que, cómo no, sólo se plantean bastante torpemente, pero nunca se resuelven. El humor es… raro. Muy alemán, supongo, con algún gag (los profes peleando, el bailecito, la galería de arte -con unos observadores que pasan a ser observados por nosotros, como puros bustos vivientes-), con una subtrama “cómica” y absurdamente cotidiana. Nos desafían a considerar hasta qué punto es válido el inmortal texto shakespeariano cuando quienes lo recrean son unos chiquillos de instituto. Los planos juegan con el fuera de campo, con el detalle (un pie herido, una taza rota) o bien toman una enorme distancia física ante lo que filman, haciéndolo diminuto. Principio y final (con esa mirada a cámara del bicho) funcionan cual misterioso paréntesis; una salida y una posterior inmersión en lo salvaje, en una condición no humana donde la naturaleza acaba imponiéndose una vez más ante el engaño de la civilización. O algo.