Todas las mañanas del mundo, de Alain Corneau
Aclamada película francesa de 1991 sobre la relación entre un enigmático maestro de la viola, el señor de Saint Colombe, y su discípulo Marin Marais (Gerard Depardieu), músico de la corte de Luis XIV. Mientras que el primero vive con un ermitaño en medio de la naturaleza, tras la pérdida de su esposa y con la única compañía de sus dos hijas, dedicado enteramente a su música y entregado a visiones místicas, el joven Marais logra el éxito mundano. Sólamente al final de sus días comprenderá, ya de vuelta de todo, qué es el arte musical; es la voz de los difuntos, la posibilidad de la comunión con nuestro ser más profundo... una concepción radicalmente opuesta a la de la música entendida como mero espectáculo hueco y sujeto a los caprichos de la audiencia. La narración es un largo flashback, una indagación en el pasado tras la cual nuestro protagonista comprende todo ésto y puede al fin reconciliarse consigo mismo.
Muy bonita historia, con ramalazos pictóricos en cuanto a la ambientación de época, y por supuesto, una banda sonora con mucho protagonismo que hará las delicias de cualquier amante del barroco musical, interpretada nada menos que por Jordi Savall. A mí me deja todo bastante frío; la idea de base es sumamente potente, pero la película no está a la altura, todo es muy francés, muy académico, demasiado encorsetado y buscando la trascendencia a marchas forzadas, de ahí que pueda disfrutarse como suma de elementos (ambientes, diálogos, sonido), pero nunca como un todo perfecto. Hasta me dan ganas de irme a la corte con Marais para echar una cana al aire con Lully, en lugar de seguir aguantando al pelmazo de Saint Colombe, que será muy visionario, pero tiene a las niñas más salidas que el pico de una plancha.
Una posible obra maestra sobre esa espiritualidad inherente al arte de la época (siglo XVII), que se me queda en una película curiosa, correcta y poco más.