Ratcatcher, de Lynne Ramsay
Con bastante herencia del cine social británico y de "Mouchette", narra el proceso interno de culpa y maduración de un niño de barrio humilde, aunque humilde sea decir poco, en el Glasgow de principios de los 70 y en plena huelga de recogida de basuras que ha convertido la ciudad en un vertedero, donde las ratas y los parásitos campan a sus anchas y los vecinos son literalmente devorados por la mierda. Jugando a orillas de un canal, James provoca sin querer el ahogamiento de su amigo y no lo cuenta a nadie; a su alrededor, unos ambientes de pobreza, supervivencia y miseria no únicamente material sino humana, con cada uno refugiándose como puede en lo que puede, con familias que se sostienen a duras penas, rencores soterrados… aunque también pequeños destellos de afecto, de amistad, que surgen inesperadamente.
Resulta cansina la figura un tanto cliché del padre borrachuzo y patán al que se le va la mano y que exige a su pobre hijo que le traiga una birra mientras ve el partido, aunque estos lugares comunes por suerte no tumban una propuesta que nunca es del todo convencional, con poco diálogo y que consiste en buena parte en captar, como a retazos y un poco en torno a la nada, el continuo errar de su protagonista infantil. Sus idas y venidas, encuentros y desencuentros, ilustrando no tan explícitamente y por medio de la imagen esos cambios que atraviesa, lo que sufre y asimila por dentro; una culpa generalizada a las relaciones con los suyos, especialmente conflictivas con su padre, y no sólo respecto al incidente traumático, quizá uno de tantos de los que tienen lugar en semejante entorno, que da inicio al film.
La presencia del riachuelo contaminado, como la propia conciencia, contrasta con la higiene de un baño, limpio como la mirada inocente y aún sin sexualizar, o con quitarse los piojos, momentos en que parece posible la felicidad. Otro motivo, el calzado: botas de agua, zapatillas deportivas, los zapatos de un muerto… que en cualquier caso, convierten a uno en lo que uno no quiere ser. Calles, aceras, descampados, apartamentos cutres, Tom Jones en la televisión. Y así, apoyándose en un montaje expresivo, en los espacios, entre lo realista sórdido y lo realista mágico, discurre un relato anecdótico, una galería de seres algo freaks, como el amigo rarito, la puta del barrio, la hermana petarda. Con tendencia a la modernez, ratas espaciales, una cortina premonitoria a modo de mortaja, la violencia estalla irónica en forma de canción ñoña de los 50, de igual manera que surgen en la comunidad unos héroes no tan heroicos para quien bien les conoce; carne de vivienda de protección oficial, gente que habla un inglés que no parece ni inglés, en medio de una brutalidad sorda, de la ignorancia y la incomunicación. Una secuencia insólita y núcleo del film, la de una fuga en el vacío, el chico habitando un pueblo fantasma, en construcción, un limbo o paraíso soñado, ventana literal hacia otra realidad no tan irrespirable, pero cuyas puertas se cerrarán cruelmente. La muerte, como principio y como final; ante la parálisis, la ausencia de toda huida posible, de toda salida, la muerte acaba por ser una dulce, profunda liberación, la única forma de hacer los sueños realidad en esta película poética, cruda, pesimista y tal vez algo optimista a su manera.